Guillermo Kahlo

El retrato del retratista

La primera ocasión que conocí a Guillermo Kahlo me provocó especial interés su mirada. Y no me refiero a la metáfora de su producción artística sino a esa mirada inquieta, de constantes movimientos, oscilante de un punto a otro, sólo se detiene cuando algo captura su atención o merece ser observado. Es ahí, cuando afila la mirada como un cazador que aguarda paciente el instante preciso. Delgado, de ademanes diligentes que parece extraer de los bolsillos del pantalón –donde usualmente mete sus manos– Guillermo es un hombre de gestos reservados que se revelan a medida que conversa. Apasionado de la fotografía, el arte, pero también de la literatura y la filosofía, es un hombre analítico, reflexivo, cauteloso y de pensamientos estructurados en los que sustenta sus convicciones y su producción artística. Conocerlo me llevó a resignificar aquella respuesta que dio en una entrevista cuando le preguntaron por el mejor retrato de su persona y contestó: Probablemente mi mejor retrato es yo retratando. El yo en las palabras de un entusiasta de la filosofía como Guillermo no tiene gratuidad, me resultó incluso: una provocación.

Guillermo Kahlo
Guillermo Kahlo- Imagen cortesía del artista

Guillermo disfruta del café turco y advierte cautela con quien lo comparte. Ese gesto de advertir atención se repite cuando confiesa su temprana admiración por la fotografía de Richard Avedon; cuando cita a Susan Sontag, Foucault, Octavio Paz o reflexiona a partir del pensamiento metafísico. Enfatiza, señala, muestra, revela con la naturalidad de un ser acostumbrado a poner delante del otro lo que merece ser mirado; siempre como testigo y nunca como juez. Cuando habla, usualmente afila su barbilla con la mano derecha, la misma con la que oprime el botón del obturador. Y eso, me atrevo a decir, me significó el encuentro con la mente del artista. Lejos de la cámara, el fotógrafo señalaba al yo detrás de la construcción de la imagen de Guillermo Kahlo Alcalá.

Me apresuro a decir que Guillermo fue arrojado, por la vida misma, al arte. Y esto es más que un pensamiento retórico. Estoy convencido que su encuentro temprano con la imagen agudizó su sensibilidad y despertó en él la pasión por crear como un estigma manifiesto en su mirada. Evoco aquellas palabras de a Octavio Paz al referirse a su propia infancia: Ando entre las imágenes de un ojo/ desmemoriado. / Soy una de sus imágenes… me parece que en el caso de Guillermo las imágenes tampoco se crearon, más bien, se recordaron… se revelaron. Desde las memorias preservadas de su padre con Gabriel Figueroa o las originadas en su madre, Elsa Alcalá, quien poblaba y despoblaba los espacios de su infancia con obras de Dalí, Picasso, Miró, Zúñiga, Rivera, Goya y Frida… Kahlo, como él. Ó el encuentro fortuito, cuando aún no cumplía 10 años, con su primera cámara fotográfica que halló tirada en las cercanías de la pirámide del sol en Teotihuacán; una tarde como cualquier otra en que la luz y la sombras acompañaban los juegos de un niño.

Cámara fotográfica hallada por Guillermo Kahlo. Fotos de su infancia.
Cámara hallada por Guillermo Kahlo y fotografías de su infancia.

Guillermo es un hombre de sonrisas administradas, pareciera dosificarlas para cuando el momento lo amerita y uno de ellos es cuando narra aquel encuentro con su primer cámara. Sonríe aún con cierto rasgo infantil. No lo dice, pero creo que en ese momento cargado de simbolismo fue cuando la vida parió al fotógrafo. Ese, quien años después ha hecho retratos de rostros infantiles como una constante en su trabajo y que se incorporan con gran intensidad en las series de Los rostros de las calles (1996) Niñas (2009) El rostro humano del campo (2010) y en el retrato de Gretel en la serie de la ópera. En ellos se advierte cómo la infancia adquiere matices profundos en el devenir del artista. Y esa sensibilidad descubierta a temprana edad, creo yo, le hace refutar el mito de la dificultad de retratar a un niño porque tiene poca historia, la cito: creo que he ido descubriendo que los niños encarnan una sensibilidad particular, inteligencia, temporalidad… son una envoltura de tiempo en el sentido que pueden contener una larga vida, un conocimiento, una visión, hay niños con miradas sin edad en muchas de mis fotografías. Sin duda, creo yo, él es uno de ellos.

Nombrado igual que su bisabuelo, el destacado fotógrafo alemán afincado en México. Sobrino – nieto de Frida, la reconocida pintora surrealista. Guillermo pareciera significar el Kahlo en una sentencia: No toda la cuestión artística se resuelve en una sola generación. En esta familia todas las interrogantes del arte se van resolviendo en varias generaciones con un lenguaje distinto y acorde a su época. Sabe que esta es su época, su tiempo, su momento, y lo reconoce con dignidad. No le preocupa lo hecho, se ocupa en lo que está por hacerse.

Pocas veces fuma, pero cuando lo hace, despoja de los filtros al cigarrillo. Como si se negase a percibir la realidad por medio de cualquier elemento que la limite. Esa práctica del hombre es visible en el trabajo del artista. En sus retratos dejó atrás escenografías y telones para establecer un diálogo sin distractores entre la luz, el retratado y el retratista. Guillermo afirma: Retratar es retirar. Espero que, como Avedon, la llaneza de mis imágenes prive sobre lo visible de mis retratados. Retratar no es captar almas, sino preguntar. Mirar lo visible y lo invisible.

Retirar es despojar, desnudar, desposeerse de algo voluntariamente. El retrato para Kahlo Alcalá tiene esa virtud, enfatizada en estos tiempos de la selfie y la extimidad, su obra apela más a lo íntimo, a lo insólito, a lo honesto: el retrato es un vínculo del ser humano consigo mismo; -dice Guillermo- hacerte un retrato puede llevarte a conocerte mejor y el mismo efecto puede tener el confrontarte a partir de una imagen con un rostro desconocido para ti. Es un aspecto de la condición humana, buscamos ser reconocidos y reconocernos en el otro. Su obra apela también al tiempo. El retrato comienza mucho antes de la escena captada, y termina mucho después. Estamos hablando del retrato artístico, en el cual la temporalidad, el espacio, la luz y la relación retratado – retratista se convierte en ese memento mori a que se refiere Susan Sontag: Todas las fotografías son “memento mori”. Hacer una fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa. Precisamente porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo.

Michael Nyman
Michael Nyman por Guillermo Kahlo

En su casa estudio, la luz se pasea por las habitaciones. Los muros en color blanco sirven de fondo para el transitar de las sombras por el laberinto del día hasta llegar a la noche. Ambos en un goce de libertad. Para Guillermo son como dos viejos amigos que conoció apenas aprendió a mirar. Con ellos construye el retrato y a cada uno le tiene reservado su lugar. Al entrar en el estudio, el negro predomina como alegoría de las sombras y la luz de las lámparas ilumina con la sutileza exigida por el fotógrafo. El sentido del arte y la metáfora se derraman en una comunión del hombre y la luz que emociona; tanto que el mismo Michael Nyman decidió videograbar la escena para después musicalizarla.

Confieso que no pude evitar pensar en la caverna platónica. La caverna a la que Guillermo te conduce para después conminarte a salir. Guillermo da paso al artista. Con cámara en mano y con la mirada de un cazador. Va detrás de la expresión del retratado, concitado a una especie de autognosis, en búsqueda de imágenes que, dice Guillermo, muestren lo que desconozco, la expresión que me resulte insólita. Estoy atento a reconocer lo inesperado y a esperar lo irreconocible.

En aquella ocasión que lo conocí, rondamos en una larga plática entorno a El laberinto de la Soledad de Octavio Paz. El texto de Paz parte de una situación personal de soledad, confusión, desconcierto, y a partir de allí se transita a la historia, al mundo, a la vida, a la sociedad. A todos, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. -transcribo el inicio del libro de Paz- Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El adolescente se asombra de ser. Y al pasmo sucede la reflexión: inclinado sobre el río de su conciencia se pregunta si ese rostro que aflora lentamente del fondo […] es el suyo. La singularidad de ser –pura sensación en el niño– se transforma en conciencia interrogante. ¿Cuáles son las interrogantes que guían los hilos de Guillermo Kahlo a través de su propio laberinto? Una de ellas es la identidad, lo insólito, el simbolismo, la estratificación social, el rasgo, la condición humana, todo a partir del individuo y su existencia, pero sobre todo a partir de construir el retrato, como él dice: desde del descubrimiento de la naturaleza de la persona retratada y del principio en el que la imagen que proyecta cotidianamente el sujeto mantiene ocultos o inasibles sus más arraigados y profundos caracteres.

LOS ROSTROS DE LA CALLE
De la serie: Los rostros de la calle (1996)

En todos estos años de trabajo Kahlo ha retratado con un lenguaje propio a muchos y diversos miembros de la sociedad mexicana, me atrevo a decir que en la soledad detrás de la cámara Guillermo ha trazado su propio laberinto. Su trabajo se resuelve como un ejercicio de liberación personal, pero que al igual que Paz, no entiende el ejercicio de liberación como algo exclusivamente individual, sino que, por el contrario, lo buscan como un sentido de lo colectivo.

Mirar las series de trabajo de Kahlo Alcalá nos obliga a reconocer que ya no sólo se trata de su importancia en el retrato individual, pues ha hecho retratos a muchos de los personajes más representativos de la sociedad mexicana, desde personajes del poder político, incluidos presidentes, del arte y la cultura, del poder económico, de diversas clases sociales, tanto millonarios como personas en condición de calle y sus familias. Creo que el día que miremos en conjunto el largo trabajo de este gran artista, estaremos frente a una especie de Domingo en la Alameda y ante la imagen de un laberinto que aún no terminamos de recorrer y que no nos atrevemos a mirar.

Al final de sus sesiones Guillermo acostumbra a descorchar un Cava y lo bebe despacio, como celebrándose. Alguna ocasión, mientras lo acompañaba en uno de esos momentos, le pedí que me mostrara sus retratos más significativos. Y no dudo en refutar argumentando que todos son significativos. Insistí en solicitarle los más reveladores. Se sonrío como quien se está preparando para sorprender ¡Lo logró! Me condujo a su comedor, extrajo de un archivero unos sobres manila y me permitió mirar. Lo que vi me sorprendió… lejos de la identidad de los retratados, en los rostros que me mostró la crudeza de la condición humana resultaba inquietante, desoladora, incluso perturbadoras y conmovedoras a la vez.
Después de una larga pausa, le hice aquella pregunta tan constante en sus entrevistas: Entonces… ¿Cuánto tiempo te toma hacer un retrato? Sonrió y contestó: ¡toda la vida!.


Estoy convencido que en ese retrato que le llevará toda la vida, de una u otra manera, habremos de reconocernos todos.

6 comentarios

      1. Gracias por tu lectura y tu comentario Óscar.

  1. La historia de la cámara sin duda nos ubica en un mundo de encuentros significativos que Guillermo a logrado capturar desde lo más profundo de su ser. Sus imágenes fuertes y bellas en todo sentido me hacen recordar una frase utilizada en la película de Vatel “Armonía en contraste, toda la belleza proviene de estas dos cosas” felicidades Emmanuel por hacer de esta lectura un espacio para sumergirte en las luces y las sombras de la obra Guillermo Kahlo
    Gracias @dossierart @emmanuelrazo por traernos estas lecturas.

    1. Gracias por leernos, siempre es un gusto escuchar sus comentarios.

    2. Gabriel! Muchas gracias por tus palabras. Agradezco mucho tu lectura y tu tiempo. Sigamos hablando de arte.

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